Aprendiendo en el silencio

El silencio, en este blog, suele indicar que he estado pasando por una etapa intensa de cambios que me obligan a encontrar orden entre el caos provocado por el torrente de información que se sobreviene, principalmente, en el trabajo.

Una nueva entrada –esta– implica que he visto algo de luz, que he logrado poner algo de orden en mi cabeza. Eso no me puede hacer más que feliz.

Qué ha pasado en estos seis meses…

Desde la última vez que escribí, había estado aprendiendo sobre mi rol. Mi rol implica muchas cosas, y eso me hacía difícil elegir en qué enfocarme. Me debatía sobre si debía ser gerente o líder o las dos cosas o si aprender una a la vez y en qué orden.

Concluí que mis habilidades sociales estaban suficientemente bien como para no enfocarme tanto en ellas, y que en cambio necesitaba ganar habilidades técnicas específicas. Lo más útil que aprendí (sigo aprendiendo) fue SQL: un lenguaje para acceder a bases de datos que me permitía extraer lo que necesitaba para hacer análisis que sirvieran de apoyo a mis propuestas o que sirvieran para monitorear el resultado del trabajo entregado. Aprender SQL me ayudó a tomar decisiones mejor sustentadas, pero sobre todo me ayudó a eliminar cierta dependencia de mi equipo, ya que no tenía que esperar a que ellos concluyeran alguna de sus tareas para poder ayudarme a obtener lo que yo quería y esto, en consecuencia, me ayudó a ganarme un poco más de su respeto.

Esto me lleva a la lección #1 de los últimos seis meses: si bien ser un experto en tecnología no es un requisito para trabajar como gerente/líder de un equipo de desarrolladores, manejar ciertas herramientas y conceptos no harán más que beneficiarte. Lógico, ¿no?

Otra de las cosas que me mantuvo muy ocupada en los últimos meses fue la integración del equipo. Como es natural, muchas personas se resistían emocionalmente a lo que estaba sucediendo (cambios y más cambios). Los miembros del equipo que me tocó liderar no fueron excepción. Su resistencia se traducía en un ambiente muy tenso, en el que llegar a acuerdos era tarea casi imposible. El reto era pasar del pensamiento individualista al de equipo. Yo me enfrenté con la Alice que hay en mí (ver imagen de abajo). Aunque a nivel de trabajo aún no llegamos a ser equipo (unos son más proactivos y apasionados que otros), nos hemos conocido lo suficientemente como para confiar unos en otros como personas. Pasamos muchos buenos ratos juntos y aprendemos de nosotros mismos. La integración se dio de forma natural.

Esta fue la lección #2: el triunfo (o fracaso) de un equipo depende del equipo mismo y no de ti, intentes lo que intentes. Ten paciencia, confía en sus miembros y en ti. La paciencia y la confianza te ayudarán a superar el proceso sutilmente, mas no serán garantía de éxito.

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La última lección de este período gira en torno a la incertidumbre. Durante muchos meses, lo único que hacía al llegar a casa por las tardes, o al quedar con amigos, era despotricar sobre mi trabajo y mis colegas. Me quejaba de la falta de visión de la alta gerencia, y de que aun así tuvieran el descaro de andarnos presionando constantemente. Era como correr con una venda en los ojos arreada por desconocidos: sin saber a dónde ni por qué. Me quejaba de que mis colegas se quejaran. Las pausas para el café o para jugar pin pon se convertían en una terapia de grupo en la que todos nos quejábamos de todo. Estuve manejando la idea de renunciar durante varios meses, pero sabía que no debía tomar una decisión tan abrupta, que tenía que tener un plan. Sin embargo, el estrés ganó y un jueves por la noche tomé la decisión. Tenía que esperar a que mi jefe volviera el lunes y lo hice: puse la renuncia. Lo que se vino fue inesperado: me ofrecieron un proyecto del que nadie sabía nada y que a los dos días de habérmelo ofrecido, anunciaron al resto de la empresa. Estuve dos semanas debatiendo conmigo misma y con el presidente de la empresa, porque sospechaba que, al igual que el resto de las cosas, esta era una idea sin plan. No se sabía cuándo empezaría, o qué rol tendría. Estuve consultando con colegas y ex-colegas que veía como mentores, con mi familia, con amigos. La mayoría recomendaba que aceptara el reto porque era un trabajo difícil de encontrar y que sería una gran experiencia. Al final acepté la oferta sin estar realmente convencida de quererla. Lo único que me convencía era que eso era algo y yo no tenía nada: no sabía qué quería, tal vez trabajar en una idea propia que estaba pobremente esbozada en un cuaderno de notas. Había aplicado a un par de ofertas de trabajo sin saber por qué. Obviamente, me rechazaron. No saber lo que se quiere emana inseguridad y a nadie le gusta la gente insegura.

Ahora, por fin, ha llegado algo calma. He aquí la lección #3 y es que la vida es una incertidumbre. Planificar ayuda a controlar esa sensación. Los planes dan seguridad y nos obligan a responder a preguntas que nos pueden preparar mejor para lo que suceda, pero la incertidumbre siempre estará.

En cuanto al proyecto, he decidido ir definiendo mi rol y mis responsabilidades gradualmente. Por suerte, después de  mi renuncia fallida, el próximo en irse fue mi jefe, una persona muy agradable pero sin una gota de liderazgo. Quien lo sustituye parece ser todo lo contrario, el ingrediente que necesitábamos: una persona tenaz que escucha opiniones pero que a falta de claridad es capaz de tomar decisiones, devolviéndole seguridad al equipo. Él y otras personas han ido ayudándome a aclarar algunas de las dudas que voy teniendo en la nueva etapa.

El bono ha sido salir a la calle a buscar otro proyecto. Concluí que mantenerme más activa también me ayuda a reducir el nivel de incertidumbre. Codearme con otras personas y hacer algo diferente me permite divertirme, aprender, y desconectar un poco del trabajo sin desconectar del área. Puede que, incluso, logre encontrar respuestas a mis problemas en el trabajo estando fuera. Parece que pronto voy a tener esta oportunidad con el equipo de Tech Sisters con quienes trabajaré como voluntaria ayudándoles a ejecutar algunas de sus ideas, proyectos, eventos. Y puede que, incluso, le dé vida a esa idea propia pobremente esbozada.

Seguiremos aprendiendo…

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