Cinco años de enseñanza: la despedida

Este post, además de ser publicado en este, mi blog de profesora, se publicará como aporte a la sección “Profesores por el Mundo” del blog de Ele que Ele.

Quedan dos días para que yo dé mis últimas clases después de cinco años en esto. No sé si sean las últimas del todo o si alguna vez decida o tenga que volver a este enmarañado y, a la vez, maravilloso mundo. Por ello, he estado pensando, a cada minuto que pasa, en todas las consecuencias y las cosas que me llevo de este cambio y esta etapa: las buenas y las malas.

Este video me lo hizo una alumna con quien trabajé del 2008 al 2010. Es uno de los muchos buenos recuerdos que tengo de esta etapa.

He tenido trabajos lo suficientemente variados como para poder juzgar este entre los demás. Y este ha sido, de todos, al que más me he entregado. Este tiene que ser un trabajo así: de entrega. Por eso es enmarañado. Porque al entregarte pones mucha cosas en juego, pero al hacerlo puedes recibir unas recompensas que son las que lo hacen maravilloso. La más importante: tener la certeza de que has tenido un efecto sobre la vida de otra persona. Para bien.

Son cinco años de los que me despido con una sensación de miedo, tristeza y, al mismo tiempo, de adrenalina, de emoción. Miedo porque voy a salir de un mundo que conozco (y que nunca se termina de conocer) y tristeza porque sé que dejo la oportunidad de afectar a la gente (que siempre podré hacerlo de otra manera). Adrenalina porque entro en un nuevo terreno. La emoción que me causa el cambio es algo siempre me ha gustado.

¿Que cómo fue enseñar?

Tan apasionante que no lo pensé mucho antes de hacer unos segundos estudios y echar a la basura otros (no del todo) para mejorar en lo que, por azar, descubrí que era para mí.
Fue agotador, también. Cuando estás comprometido, haces lo que sea por hacerlo bien y eso, inevitablemente, cansa.
Con cada público fue diferente. Reconozco que mi público actual ha sido el más difícil de los tres con los que experimenté: polacos, rusos y estonios. Este último ha significado todo un reto. Ya sé que es malo generalizar, pero también es verdad que hay patrones que se repiten innumerables veces en ciertos grupos: sociales, culturales, raciales, religiosos. Y en los estonios, la excesiva timidez o la excesiva franqueza fueron los patrones más difíciles a los que me tuve que enfrentar. Estos patrones me sacaron lágrimas y gritos, sonrisas y lamentos. Y yo, a ellos, también los incité a todo eso.

Esas fueron las dificultades de las que más aprendí. Claro que también aprendí y enseñe mucha lengua y cultura (que si pretéritos y flamencos, que si rumba y porotos, que si mate y Los Andes), pero , sobre todo: aprendí a soportar el silencio, incluso a disfrutarlo; aprendí a ser paciente, aún con quien no esperaba que lo fuera; aprendí a sacarle una sonrisa a caras inseguras o abatidas por el largo invierno; aprendí a recordar que también había hermosos y largos días de verano; me quejé con ellos de las tormentas y juntos celebramos los momentos de calma. Hay muchos a quienes no llegué y muchos que no llegaron a mí. Hay muchas cosas, pero muchísimas que no me dio tiempo de aprender y muchas más que no pude enseñar. Y creo que en cinco años de enseñanza no se puede aprender lo suficiente. Tampoco creo que se pueda en cuarenta. Que me lo diga quien lo haya logrado.

También me traje muchas cosas buenas. El otro día, por la mañana, mientras me preparaba para ir al trabajo, me daba cuenta de cuán rodeada estaba mi vida de todos estos años: mi café mañanero me lo había dado un estudiante; mis guantes para jugar en la nieve, otro; ese libro en la estantería, otra; ese árbol de la felicidad, otra; y así, me di cuenta de cuántas cosas había en mi vida que eran el reflejo de que sí lo había hecho: había afectado la vida de alguien quien, si no supo decírmelo con palabras, me lo supo expresar con un detalle. Me habría gustado haberme dado cuenta de ello más de una vez. Hoy, hasta dos días antes de que cierre este ciclo, fue a quienes no pude llegar (y los que a mí no llegaron) los que más se ganaron mi atención y agotaron mis energías sin piedad.

Y que no suene a final de película dramática. No sé si vuelva al aula. Lo que sí sé es que cierro lo que, hasta ahora, ha sido una de las etapas más enriquecedoras de mi vida y lo último que puedo decir: si quieres trabajar en enseñanza, no lo hagas por trabajar, hazlo porque quieres realmente ayudar a otros a llegar a otro nivel. Hazlo porque te sale del corazón.

Hasta una próxima vez,
La profe, María.