Mis aventuras como desempleada y “exploradora” – Día # 34

Hace 34 días que estoy sin empleo. Por elección propia. Decidí que tenía que salir a explorar las oportunidades que había fuera de mis cuatro paredes de oficina, porque las que había dentro ya no me satisfacían. Esta es la historia de lo que ha pasado. Las preguntas que me he estado haciendo, y las reflexiones en torno a mi decisión y a esta etapa en la que estoy.

¿Por qué renuncié a mi trabajo?
Durante mis últimos meses de trabajo era muy difícil salir de cama, no sólo físicamente (no me gusta madrugar) sino mental y emocionalmente. Me motivaban muy pocas cosas, o ninguna. De hecho, había renunciado dos veces a la misma empresa, pero en cada ocasión me ofrecieron nuevos retos o más dinero lo que me hizo desistir. La tercera, sin embargo, fue la vencida. Ya no había número ni proyecto que me emocionara. Había algo en el ambiente que me estaba consumiendo y me mantenía en un estado permanente de negatividad, amargura y cansancio. Las señales eran muchas: todas las tardes llegaba a casa a quejarme de lo que había ido mal ese día, cuando veía a los amigos los fines de semana los ahogaba con las mismas historias y, en consecuencia, me ahogaba a mí misma repitiendo los episodios una y otra vez. La gente me decía que yo solía ser más optimista y energética, me preguntaban que qué había pasado con mi sonrisa. Y yo no era la única así. Muchos de mis colegas estaban siempre en el mismo estado. Para darles una idea: al menos una vez al mes salía de copas con ellos con motivo de despedir a otro que se iba. De hecho, ya hay dos en la agenda desde que me fui. Estaba claro que algo iba muy mal y quedándome allí no haría más que seguirme consumiendo en ese caos. Tenía que irme.

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¿Cuál era mi plan?
Decidí que no era prudente salir por la puerta como en las películas, luego de decirle a mi jefe con firmeza “¡Renuncio!”, dar un portazo y no volver nunca más. “Eso es Hollywood”, me decía. “Cuando se está de mal humor se pueden cometer muchos errores y es mejor no tomar decisiones en mal estado”, pensaba. La gente no tenía la culpa de que yo no estuviese a gusto. Y sabía que en el futuro me podía arrepentir de haber hecho las cosas así, malamente. Incluso si la culpa era de alguien, el cambio dependía de mí. Yo era la infeliz. Simplemente tenía que dejarlo si no me gustaba, pero sin dramas.

Mi plan inicial no habían funcionado: la convencional búsqueda de trabajo en paralelo y renunciar en cuanto me saliera una oferta que me gustara no estaba dando resultados. Creo que era parte de todo ese estado en el que estaba. Estar de malas me hacía una pobre candidata. No emanaba buenas energías ni la sensación de que sabía lo que quería. No mostraba ganas de hacer las cosas. Y, pues, realmente no lo sabía y no las tenía.

Giré en torno al plan B, el que debió haber sido el plan A desde el inicio. Yo lo que necesitaba era reconectar conmigo misma. Tenía que salir del hoyo negro en el que estaba, pero no podía quedarme sin entrada de dinero, porque me metería en otro hoyo, así que decidí ahorrar un poco de dinero para despreocuparme de no tener empleo por un par de meses y poder enfocarme en reconectar con la optimista y productiva persona que solía ser.

Me imaginé iniciando mi primera semana como desempleada sin preocupaciones. Esbozando ideas en mis cuadernos de notas o en mi pizarra. Viendo videos motivacionales y dando paseos al aire libre. Saliendo a correr e interactuando con personas llenas de energías que quisieran compartir sus ideas conmigo y yo las mías con ellos.

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¿Qué ha sucedido en realidad?
La primera semana y media fue muy distinta a lo que imaginé. En el mismo período que hacía el preaviso en la oficina, coincidió que tuvimos que mudarnos de apartamento. Esta vez, al nuestro. Así que estuve un poco de ama y señora de casa, pendiente de limpiar, desempacar cajas y hacer diligencias de muebles, electrodomésticos y demás.

A la tercera semana ya teníamos lo básico. Acordé con mi esposo que si eso nos bastaba, el resto del proyecto “casa” podía ponerse en pausa y yo podía volver a mi plan de búsqueda. Su apoyo era necesario e importante. Lo tuve. Lo tengo. Así, en la tercera semana, todo comenzó a tornarse en lo que yo me había imaginado: me aventuré un par de veces en bicicleta fuera de la ciudad. Pasé ratos junto al mar tomando el sol o caminando. Disfrutando cosas simples. Descansando. Gradualmente fui recuperando mi energía, y seguidamente comencé a explorar cursos en páginas web como Coursera, Codecademy, Khan Academy o viendo videos tipo Vlogborthers, Asap SCIENCE o TED Talks o leyendo páginas de gran contenido como Brain Pickings (mi favorita). En resumen, cosas que me interesaran, pero sin afán de que me llevaran a ningún destino en particular.

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En un principio, decidí también que no quería interactuar con nadie. Evadía eventos sociales. No quería enfrentarme a las preguntas: “¿A qué te dedicas?” o “¿Y ahora qué estás haciendo?” o “¿Cómo te está yendo?” o comentarios del tipo “Claro, tu esposo trabaja. Te puedes dar el lujo”. Para las preguntas, no tenía respuestas. Para los comentarios, no tenía energías para absorber la conclusiones infundadas, las inseguridades o las frustraciones de otros. Me bastaba con las propias.

¿Qué resultados he obtenido?

Estoy entrando en la quinta semana. Los primeros resultados se ven desde la anterior. La gente me ve más fresca y descansada. Lo más importante es que yo me siento así. He comenzado a ir a eventos de ideación, emprendedurismo, tecnología y networking. Los eventos así suelen estar llenos de gente dinámica, con ganas de hacer cosas interesantes o ya haciéndolas. Hay muy buenas energías que recargan mis baterías. He conocido gente fantástica. Muchos, al igual que yo, están intentando hacer algún cambio en sus vidas. Otros emprendieron el rumbo hace un par de meses o un par de años y están en éxtasis con sus proyectos.

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Algunos ejemplos de las oportunidades que he ido descubriendo:

  • He ido a casi todos los eventos de la serie Startup 101 organizada por The Founder Institute donde algunos han estado compartiendo sus ideas con otros y recibiendo feeback. Allí se conoce gente que necesita miembros para sus equipos, inversionistas como protrotron o instituciones dedicadas a la formación de emprendedores, como el mismo Founder Institute.
  • Lentamente me he ido involucrando, como voluntaria, con la gente de Tech Sisters. Allí he conocido a chicas muy talentosas trabajando en el mundo de las TIC que me han animado, indirectamente, a aprender más sobre tecnología.
  • Me he enterado de programas como la escuela de código de Codeborne, una empresa que a falta de talento suficiente en el mercado, ha decidido tomar el asunto en sus manos: formar a personas en el desarrollo de software por tres meses y, al final del programa, quedarse con los mejores.
  • También he interactuado con emprendedores actualmente en la “aceleradora” Startup Wise Guys como la gente Investly o la de Contentivo.

¿Y lo malo?
Como todo, esta transición tiene su lado oscuro. Por un lado, a veces me consume la ansiedad de no tener nada concreto definido. Cuando peor me he sentido, he recurrido a la búsqueda convencional de trabajo para encontrarme con ofertas que no me animan o para las que no estoy cualificada. Enseguida abandono la idea. Ocuparme en alguna actividad física me ayuda a relajarme.

Por otro lado, está el dinero. Si bien tomé precauciones para estar tranquila por un tiempo, sé que tengo un límite. Saber que los números de mi cuenta bancaria van reduciéndose me inquieta.

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¿Y ahora?

  1. Tener paciencia. Contener las ganas de saltar a lo primero que salga por la presión financiera.
  2. Seguir explorando opciones de forma activa y rigurosa.
  3. Aprender cosas nuevas.
  4. Agradecer y aprovechar que tengo el apoyo de  gente que me importa, y sobre todo, de mi pareja.